sábado, 26 de mayo de 2012
Yanés
sábado, 10 de marzo de 2012
105 sombreros
Marina y José se enamoraron de chicos. Mientras ella estudiaba para maestra jardinera, él trabajaba junto a su padre en la ferretería de la familia.
La gente del pueblo esperaba que crecieran, se casaran, José hiciera prosperar el negocio y Marina criara varios niños.
Pero no fue así.
A José lo que realmente le gustaba era bailar. De niño había formado parte del ballet folclórico del pueblo pero ya de adolescente no había tenido la posibilidad de continuar con la danza clásica.
Un día se decidieron: irían a Buenos Aires para que José cumpliera su sueño. Marina ya encontraría un trabajo como maestra allá. Y se fueron a vivir juntos sin pasar por la iglesia, cuestión que enojó al padre de Marina a punto tal que le prohibió regresar a la casa mientras él estuviese vivo.
Ya en Buenos Aires, se instalaron en una pensión de San Telmo, en Defensa al 965. Era una casona de fachada sombría por el paso del tiempo y el poco mantenimiento, con puerta doble de madera pintada de gris claro. Por la puerta de calle se ingresaba al zaguán, más sombrío aún. Una puerta de vidrio repartido al final del zaguán daba paso al patio interior luminoso y fragante. Abrazando el patio, la galería cobijaba las puertas y ventanas de los cuartos en alquiler.
El piso de la galería de mosaicos claros decorados con arabescos lucía brillante. Como decía doña Raquel, la dueña del lugar, la pensión no era lujosa pero sí muy limpia.
-El frente está feo- reconocía Raquel -Ni bien le acierte a la quiniela lo hago arreglar, decía. Desde hacía cinco años jugaba semana tras semana el 965 a la cabeza y a los diez.
Las ventanas amplias y las puertas dobles de las habitaciones vestían cortinas de macramé. Las rejas, revelaban con la pintura saltada, que habían sido primero blancas y luego verdes antes de llegar al negro que las cubría.
A Marina y José, les tocó un cuarto con una gran mancha de humedad en el techo y con bañadera de patas de león.
La cocina era compartida. Marina en cinco semanas no se cruzó con nadie allí. Después se enteró que los otros pensionistas tenían un microondas en la habitación y compraban comida congelada o en la rotisería de la esquina. Pero a ella le gustaba ir a cocinar: los vahos especiados de la salsa, el olor a aceite quemado de las frituras, el aroma dulzón de una torta recién horneada, la transportaban a la cocina de su madre.
José por las mañanas tomaba clases de baile clásico con Azucena en Palermo Viejo. Le pagaba dando clases de folclore dos veces por semana. Para sumar algún dinero trabajaba a la gorra en Plaza Francia, Parque Lezama y Plaza Dorrego, donde divertía a los concurrentes con sus números de mimo. Estaba orgulloso de sus avances con la danza, pero en momentos de incertidumbre añoraba la seguridad que le daba el mostrador de la ferretería.
Marina pasaba bastante tiempo sola. Se había hecho amiga de la Toti, la prostituta que alquilaba el cuarto de al lado. A la siesta lloraban juntas la novela y tomaban mate con chuker. –El azúcar se me va a las caderas- decía la Toti. Había venido de Rufino, un pueblito del sur de Santa Fe, huyendo de un mal amor. A doña Raquel no le gustaba el oficio de la Toti, pero lo cierto era que pagaba puntualmente el alquiler y no traía ningún cliente a la pensión.
La Toti le contó a Marina que el tucumano de la habitación de enfrente, había llegado hacía unos meses después de vender a su hermana la mitad de la casa que heredó de la abuela en Tafí del Valle. Con esa plata se compró una Harley Davidson y se vino a la capital. Ahora trabajaba en un club nocturno.
-Ahí los mozos están en slip, son todos musculosos y aceitados- decía la Toti. -Yo lo vi al tucumano sirviendo las mesas del fondo. Es un lugar paquete. Me llevó un cliente- confió a Marina.
El tucumano tomaba sol en una reposera del patio y como no tenía dinero para el gimnasio se había improvisado pesas con un caño de gas y dos latas de aceite para autos rellenas de cemento. Salía al trabajo y al cíber. Se conectaba con otros fanáticos de la Harley Davidson a través de un foro de Internet donde se pasaban datos de cómo conseguir tal o cual pieza.
En la pensión también vivía don Jaime, hermano de Raquel y apasionado del tango. Iba los domingos a bailar a Plaza Dorrego vestido con su traje negro de rayitas blancas, zapatos blancos con puntera y apliques en charol, y chambergo. Algunas veces, se la llevaba a la Toti para que le haga de pareja. A Marina le pareció que Jaime sentía un amor inconfesado por la Toti. – ¡Pero si podría ser mi padre ¡-descartaba ella.
Una tarde, mientras Marina pasaba la gorra luego de la función de José, alguien en lugar de una moneda dejó un papelito que decía: “Curso de sombreros de cotillón”. Pensó que sería una buena forma de generar algún ingreso a los ya menguados ahorros. Y comenzó a hacer sombreros de goma espuma para todo tipo de fiestas: cumpleaños infantiles, quince años, graduaciones, casamientos.
Marina y José estaban contentos de estar juntos y soñaban el futuro: una casita para los dos solos, un trabajo de maestra para Marina y presentaciones de José en los teatros. Igual, a veces, extrañaban la familia y el pueblo. Cuando las cosas no andaban del todo bien en la ciudad, fantaseaban con volver a Melincué.
La Toti extrañaba Rufino y el tucumano Tafí. Y todos, cada quien por sus pesares y motivos, no podían regresar a sus lugares de origen.
Entretanto, llegó un nuevo inquilino: Pancho un artesano de Río Cuarto. Le habían dicho que muchos extranjeros visitaban Buenos Aires y que pagaban en dólares las alhajas de plata. El hacía aros, anillos y collares, unos de tiento y cuentas de plata, otros con piedras semipreciosas.
Marina y la Toti se probaban todo lo que hacía Pancho. Pancho tomaba mate con ellas, protestaba por el chuker y al fin se terminó enganchando con la novela. Cuando no se podía quedar a verla, pedía que se la contaran.
Marina se había hecho fama con los sombreros, unos la recomendaban a otros y siempre tenía encargos. Una vez, le pidieron ciento cinco sombreros para un casamiento de gente bien y querían todos modelos distintos. Trabajó días y noches porque temía no llegar para la entrega. Pancho, la Toti, José y el tucumano debieron ayudar: pegaban plumas, brillantina, botones, flores. Y tuvieron que albergar algunos gorros en sus habitaciones porque la de Marina y José estaba abarrotada.
El día que debían retirar los sombreros no apareció nadie. Ni al día siguiente. Ni al tercer día. Llamó por teléfono a la casa de la novia y nadie respondió.
Desolada, lloró toda una noche.
Raquel quiso ayudarla y sentenció:
-Es hora de que se casen ustedes dos Marinita y este es un buen momento. Ya tienen los sombreros para la fiesta. Yo te regalo el vestido.
Nadie se atrevió a contradecirla y se pusieron a preparar la boda en patota. Trajinaron hasta que llegó el gran día.
Se casaron en el registro civil a la mañana y a la noche, con don Jaime presidiendo la ceremonia y Raquel y Azucena de madrinas, juraron amarse para siempre mientras se colocaban las alianzas de plata que les había hecho Pancho.
Raquel decidió hacer la fiesta de José y Marina en el patio. El tucumano acomodó los tablones y decoró la mesa.
Entre los de la pensión, los compañeros de baile de José y la hermana de Marina, la única que vino del pueblo, sumaban treinta y cinco. Los ciento cinco sombreros alcanzaron para que cada uno cambiara de personaje tres veces en la noche. Fueron piratas, princesas de capelina, marineros, hawaianas frutadas, papagayos multicolores, guerreros romanos de penacho, vikingos de cuernos.
Esa noche había un aire de pueblo en el patio de la pensión, por momentos húmedo como en Melincué y Rufino, de a ratos terroso como en Río Cuarto, después quieto y transparente como en Tafí, hasta que al amanecer la bruma ahumada de la gran ciudad descendió sobre ellos.
jueves, 16 de febrero de 2012
Aromas de familia
Era una mañana de primavera. Por la ventana semiabierta se colaba la fragancia dulce, pesada, de las madreselvas. Como todos los días, ella se levantó para ir a la oficina. Allí la esperaría, una vez más, ese inconfundible olor mezcla de tinta, papel, cables, teléfonos y uniformes. Mientras se miraba en el espejo y aspiraba la menta fresca de la pasta dental, decidió no ir a trabajar. Intentó buscar una excusa pero no la encontró. Encogió los hombros. De todos modos estaba resuelto: se quedaría en casa.
Bajó las escaleras de madera, perfumadas de cera, y fue hasta la cocina. El café recién preparado y las tostadas apenas quemadas, le embriagaron la nariz e hicieron que su mente viajara hasta los tiempos de su niñez. Recordó a su madre preparando el desayuno. Café y tostadas: aromas de familia.
Estaba sola: su marido no había pasado la noche en casa y los niños estaban de campamento. Hojeó el diario mientras la envolvía lentamente el almizcle de un sahumerio.
Más tarde, sin obligaciones ni apuros, se dispuso a preparar una torta para esperar a los chicos, que regresarían esa tarde. Buscó en el aparador el libro de recetas de la abuela. Los bordes de las hojas estaban amarillentos y conservaba en su interior, atesorándolo, el señalador de seda italiana. El olor a papel viejo la trasportó y la vio allí, a la nonna Cristina. Con batón oscuro de florcitas blancas y sonrisa apenas esbozada de quien ha vivido mucho. Sentada en la silla de paja con las manos cruzadas sobre su falda. Podía sentir la colonia de rosas que siempre usaba. Mil y un aromas de familia en la casa de la nonna.
Batió la manteca y el azúcar, agregó huevos, harina, leche. Unas gotitas de vainilla y ya estaba lista la pasta blanda, dócil, de vahos vainillados. La puso en el horno.
Usó los cuarenta minutos de cocción para bucear en sus aguas internas, revueltas y oscuras, buscando causas y respuestas.
Cuando la torta a punto hizo notar su presencia en la cocina, la sala y el living, la sacó del horno y la desmoldó. Aún absorta en sus pensamientos.
Había pensado no almorzar pero el espíritu especiado de la salsa de los vecinos la tentó. Pidió algo a la rotisería de la esquina.
Después de una siesta de lectura, se regaló un baño largo, tibio, con espumas frutadas. Cerró los ojos y trató de imaginar su vida en los próximos días. Ensayó una y otra vez los pasos que daría.
Se hicieron las seis. Llegaron los niños. Cortó la torta entre relatos de aventuras fantásticas.
Se dijo a sí misma que estaría preparada.
miércoles, 25 de enero de 2012
Escritorio abandonado
sábado, 10 de diciembre de 2011
El jardín más lindo del pueblo
Aurora Robles vivió los días de su vida en Colonia Tirolesa. Cada mañana se levantó muy temprano y regó las plantas. Su jardín era el más lindo del pueblo. Todos los vecinos estaban de acuerdo con ello, aún Zaida la amante turca de su marido. Esto era de verdad extraordinario en la colonia, donde los habitantes se conocían y rara vez se lograba consenso en los temas del poblado.
Aurora arrancaba con paciencia los yuyos que importunaban a begonias, lilas, azaleas, claveles y lavandas, siempre con la mirada atenta a su tarea y el alma vagando entre aromas florales.
Tuvo un solo hijo varón que la atareó y acompañó en los momentos en que desesperaba, loca de celos, imaginando los amores de su esposo en otra cama.
Luego llegaron los nietos, a quienes se dedicó con pasión. Ya no le importó tanto que aquel hombre, a quien una vez dio el sí, tuviera otros asuntos. Es más, se sentía liberada de no tener que cargar todo el día con sus niñadas de viejo. A sus nietos fue a los únicos que permitió hurgar el último cajón de su cómoda.
Un día antes de morir, tiró todos los objetos que allí guardaba, para preservarlos de ojos curiosos. Sus nietos, fieles, nunca dijeron qué contenía.
Lo que Aurora siempre odió de ese pueblo es que no existiera una sola persona capaz de guardar un secreto. Ella pensaba que tal vez habría sido más feliz, si una mañana, no le hubieran contado lo que nunca quiso saber.
lunes, 5 de diciembre de 2011
La foto de Navidad
Julia se casó hace un año y esta fue la primera Navidad que pasó lejos de sus padres, en casa de los suegros.
Para la cena de nochebuena le encargaron que hiciera la ensalada de frutas. Ella hubiera preferido otra cosa, una porque no le atraía la idea de estar horas pelando y cortando, y otra porque no le gustaba la ensalada de frutas. Se resignó y lo tomó como un derecho de piso a pagar.
Su marido, le había dicho en varias ocasiones:
-Mirá que mi abuela y mi madre, siempre le pusieron cerezas, verdaderas, no las de frasco.
Compró las cerezas, las lavó y las puso enteras, considerando que eran demasiado pequeñas para partirlas y despepitarlas.
El veinticuatro a la noche, se puso el solero turquesa previsto para la ocasión y partió con Aldo y la olla de la ensalada de frutas hacia lo de doña Alcira. Cuando llegaron, saludaron a los ya presentes y Julia se integró al grupo de mujeres que estaba en la cocina ultimando los detalles de la comida.
Julia vio que su suegra miraba la ensalada de frutas con el ceño fruncido y se sintió como dando un examen.
Tardaron en sentarse a la mesa, nadie quería ser el primero en ubicarse, por miedo a quedar mal posicionado. Julia sabía que Aldo no se llevaba bien con su cuñado Andrés y el día de Navidad no quería darle un disgusto a la madre.
Esta Navidad habían traído al abuelo José, el padre de Alcira, que vivía en un geriátrico. Con el calor estaba mejor y quiso pasar la fiesta en casa de su hija.
Ni bien entró dijo:
-Alcirita, ¿me hiciste la ensalada de frutas como la hacía tu madre, tan rica, con cerezas naturales? Allá donde vivo la hacen horrible, aguada.
Julia se felicitó por haber hecho caso a su marido esta vez.
Al abuelo lo sentaron en la cabecera, presidiendo la mesa.
Las mujeres trajeron primero la comida fría: fiambres, mayonesa de aves, bocaditos de atún y ensaladas. Cada cual lo acompañaba con vino tinto, blanco o cerveza según su preferencia.
Julia, viendo que eran demasiadas en la cocina y se entrechocaban, decidió sentarse a la mesa y dejar de servir.
Algunos ya se habían servido en los platos, cuando Alcira dijo:
-Ahora a rezar, todos ustedes. Esta es una casa cristiana y la Nochebuena es para agradecer a Dios, por todo lo que nos da y por todo lo rico que comeremos esta noche.
Julia, que había colocado un trozo de jamón crudo en su boca, dejó de masticar, y mientras su suegra dijo unas palabras, sintió que su boca se iba llenando de saliva que no atinaba a tragar.
Luego de la mesa fría, Alcira, trajo orgullosa el pavo relleno que había preparado, humeante, calórico. Todos comieron con avidez, a pesar de que con tal calor, no paraban de sudar. Julia no se sentía bien, no quería comer el pavo, pero no pudo negarse.
Cuando los más resistentes dejaron de comer, y se estiraron hacia atrás resbalándose un poco de sus sillas, Alcira llamó a Julia para servir el postre.
- Vos serví en las compoteras la fruta y yo le pongo el helado- dijo Alcira.
Así lo hizo Julia. Trató de que en cada una tocara por lo menos una cereza
En ese momento añoró la Navidad en casa de sus padres, aunque siempre discutía con su madre, por lo menos se sentía cómoda.
Llevó las cazuelas a la mesa y eligió para el abuelo la que tenía más cerezas. El viejo le caía bien, era el único que hablaba poco y no se metía con nadie.
Por un rato, sólo se escuchó un tintineo metálico de cucharitas.
De pronto, el abuelo, emitió un suspiro ronco, y comenzó a agitar frenéticamente sus brazos mientras se encorvaba sobre la mesa. Se puso colorado y parecía no respirar.
El marido de Julia y un par de cuñados, le golpearon la espalda, hasta que expulsó la pepita de cereza.
No se lo veía nada bien al abuelo José luego del incidente. Alcira decidió que lo llevaran al hospital.
Así, partieron todos al hospital, donde dejaron internado en observación al abuelo.
Alcira insistió y se ubicaron todos, alrededor de la cama para posar para la fotografía tradicional de Navidad de la familia.
Alcira le pidió a Julia que sacara la foto.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
Caperucita 2011
Odiaba que la llamaran así, al fin de cuentas ella tenía un nombre. Maldita idea la de su madre de hacerle un abrigo con capucha. No le gustaba sentir el paño rozar su cara y menos aún ese color chillón.
Con la mujer que la puso en este mundo tenía un entripado: si decidía hacer algo, aquello otro sería mejor, si decidía salir, le indicaba el camino. Llevá abrigo que está fresco, le decía. Por más rápido que caminara hasta la puerta, siempre alcanzaba a oir esa última orden.
Un día, cargó todo el valor que pudo y partió. Sin abrigo ni rumbo.
Recorrió el mundo, aprendió otras lenguas, se enfrentó y venció a lobos feroces.
Parió una hija de sonrisa dulzona que la dejó boquiabierta.
Quiso darle lo mejor.
Le cosió una capita roja.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Día de alta
Hoy se va de allí. Romelia Bustos. Repasa una y otra vez el nombre en letras de imprenta escrito debajo de su foto. Está confirmado. Así se llama. Igual, le suena raro.
Angélica la había cuidado durante varios años en el hospital psiquiátrico. Antes de que le sacaran esa foto, Angélica le hizo un peinado tirante y le puso matizador. Se veía bien. Cuando tuvo en sus manos el documento de tapas verdes, no sintió una emoción especial, aunque sí un cierto alivio. Ya no la molestarían más los policías con preguntas que nunca sabía cómo contestar. ¿Qué se creen estos?, pensaba. ¡Si yo supiera! Además, para qué ponían tanto empeño en encontrar su verdadero nombre, hacía tiempo que a ella había dejado de importarle el asunto.
Le contaron que la habían encontrado una noche. En la calle, hablando incoherencias. Pasados unos días la interrogaron:
-¿Nombre?- preguntó el empleado.
- Aurora- inventó.
- ¿Aurora qué?- insistió.
Ella se quedó mirando los arabescos de los mosaicos y no respondió.
- El apellido por favor.
- ¡Ah! Rodríguez – dijo al azar.
De ahí en más y por veinte años fue Aurora Rodríguez. Aurora Rodríguez en la ficha médica y Aurorita para las compañeras de habitación.
Desde entonces y hasta ahora había recibido las visitas esporádicas de los oficiales. Cada vez que cambiaba el director del hospital, venían dos o tres veces seguidas con las mismas preguntas.
De antes se acordaba muy poco. En sueños veía caras sin nombre. A veces, en los paseos por el parque, el jazmín en flor le hacía sentir el abrazo cálido de su madre. El ruido de los pinos en lucha con el viento le recordaba el día en que su padre las abandonó. Cosas así, sueltas. Ningún nombre. Ningún apellido.
Pero un día, alguien acercó un dato cierto y lo confirmaron. Quien dio la información pidió reserva.
Hoy le dan el alta. Los médicos están contentos. La enferma ha recobrado el juicio, dicen. Los oficiales de justicia han encontrado su identidad, afirman satisfechos.
Ella acomoda sus cosas, guarda el documento en el bolso de mano, se despide de las chicas. Angélica la acompaña hasta la camioneta blanca que le indicaron. Se abrazan.
Sube. En el costado del vehículo en letras azul desteñido, se lee: “Hogar de Ancianos. Ministerio de Salud y Acción Social”
jueves, 17 de noviembre de 2011
Dolor de madre
Vientre replegado en sí mismo
grito animal que no basta
desgarro visceral
sólo ella sabe que con la sangre
se va la ilusión
del niño que no fue.
martes, 8 de noviembre de 2011
La cena
Elsa aseó a don Ernesto todas las mañanas durante dieciséis años, hasta le frotaba la espalda con alcanfor. Luego le cebaba dos mates amargos y se iba a despertar a Enrique. Entre los dos, lo acomodaban en la silla de ruedas. El viejo todavía se afeitaba solo, pero quería que Enrique le sostuviera el espejo. ¡Que sirva para algo este pendejo!, decía. Antes, cuando ella tenía lindas piernas y no cargaba con el hijo sonzo, Elsa se había dado el lujo de elegir para quién trabajar. Siempre con gente fina, en casas elegantes. Después se embarazó y las señoras dudaban en tomarla. Entonces aceptó lo de don Ernesto.
Elsa había intentado que Enrique fuera a la escuela, pero no le entraba nada. Al fin quedó para ayudarla en la casa. Ella era paciente con don Ernesto, aún cuando el viejo le palmeaba las nalgas, haciéndose el pícaro. Aún cuando le daba bastonazos a Enrique. Elsa callaba, el viejo le había prometido dejarles la casa.
Don Ernesto también tenía un hijo. Se había ido del pueblo cinco años atrás y no se supo más de él. Hasta la semana pasada, cuando llegó la carta anunciando que volvería pronto. Para internar al viejo y para arreglar los papeles de la casa. Elsa escondió la carta y no le dijo nada a don Ernesto. Se acordó bien que seis meses atrás el doctor Corti y el viejo habían hablado sobre el testamento.
Al otro día de la carta, con la excusa de ir a la feria, Elsa pasó por el estudio del doctor Corti. Le dijo que no lo veía bien a don Ernesto, que por favor se llegara a la casa para terminar con los papeles pero que fuese discreto: a don Ernesto no le gustaba que se metieran en sus asuntos. El Dr. Corti prometió ir la semana siguiente.
Y así lo hizo. Se encerró en la sala con don Ernesto. Elsa les ofreció una copita de anís, y se demoró tratando de oír algo de la conversación. Luego, entró otra vez para convidarles bizcochitos de limón justo cuando don Ernesto decía:
- Yo ya no tengo hijo, la casa queda para Elsa.
En poco tiempo más, el doctor Corti llegó con el testamento listo y don Ernesto lo firmó.
Ese día Elsa estuvo de muy buen humor, hasta le pidió a Enrique que agarrara el mejor pollo. De un golpe seco le tajeó el cogote, lo colgó en el gancho del fresno y lo dejó desangrar. Después de la siesta hirvió agua para desplumarlo. Le sacó las vísceras con cuidado y las guardó para el caldo. Elsa preparó el pollo para la cena como más le gustaba a Ernesto: en salsa y con papas. Mandó a Enrique a comprar un vino bueno y dejó listo un postre de duraznos.
Un poquito más de vino don Ernesto, alentó Elsa. Hasta que se terminó la botella.
Don Ernesto quiso acostarse temprano. Una vez más, lo asearon y lo pusieron en la cama. Pasada la medianoche se oyeron quejidos débiles y una respiración entrecortada.
Elsa y Enrique pasaron la noche despiertos.
Cuando los primeros destellos del sol anunciaron el día Elsa supo que por fin las cosas estaban en orden.
jueves, 3 de noviembre de 2011
Desgracias comunes
I.
Alrededor del cajón se ubicaron los familiares cercanos. De un lado Ana, la mujer original, los hijos mayores y los nietos. Del otro Cynthia, la mujer nueva. Con ropa poco apropiada para un velorio, según comentó Elvira al verla entrar.
De pronto, al muerto le volvió el alma al cuerpo, se sentó y ahí entre tules y tafetas dijo:
- Cynthia … ¡ qué linda estás hoy!
II.
Esa tarde su mujer le dijo de todo. Julio quedó hecho polvo.
Ella, obsesiva como de costumbre, buscó el escobillón y la palita roja de plástico, lo barrió y lo echó al cesto de basura.
- Peor hubiera sido que me deje bajo la alfombra y tener que seguir soportando sus pisadas - pensó Julio.
Y se quedó, tan entero como pudo en el fondo de la bolsa, esperando que llegara el camión y lo llevara por fin lejos de allí.
III.
Juanjo estaba siempre enchufado. Un día se le pelaron los cables y un chisporroteo interior lo hizo tambalear.
– A ponerse las pilas, viejo- le dijo su mejor amigo.
jueves, 27 de octubre de 2011
Monólogo del huevo
martes, 18 de octubre de 2011
Exodo
Hombres que avanzan
machete en mano
gritos de ramas que se resisten
selva virgen de aire inundado
sudor y jadeos
brazos fuertes, decididos,
o resignados.
Detrás las mujeres
niños que lloran y bultos de pena
en lenta marcha
no se oyen palabras: se perciben preguntas
hombres
que huyen
de otros hombres.
lunes, 10 de octubre de 2011
Montaña rusa
Su cabeza todavía giraba en círculos concéntricos. Sintió náuseas. Por un momento pensó que no había sido una gran idea hacer este nuevo intento. Desde que él la dejó se repetía: necesito una vida nueva. Él aún ocupaba todos sus pensamientos y a veces, hasta se veía actuar como le hubiera exigido en otro tiempo. El antes y el ahora se entremezclaban, a pesar de su gran esfuerzo por trazar la línea divisoria. Recordó el primer tiempo después de la separación en que dormía y dormía. Igual, él sin consideración alguna, tomaba sus sueños, interrumpía la trama y los hacía virar a su antojo. Le vinieron a la mente, en medio del mareo, los sucesivos intentos: el curso de autoayuda con el que no consiguió ayudarse. El entusiasmo con el grupo de terapia de la risa, donde un montón de señoras mayores se rían al borde del desquicio y sin saber de qué durante una hora por semana. Las sesiones del spa, en las que trató de alivianar la pena en espumas frutales y hacer resbalar el desánimo con aceites de colores. Y el campamento, con aquellos muchachos que en busca del “samadi” meditaban envueltos en trapos blancos, donde había creído que por fin hallaría la liberación.
Con su mente aún confusa y su estómago al borde del vómito, oyó el pitido. Se desabrochó entonces el arnés de seguridad que la sujetaba a la silla y se bajó de la montaña rusa.